El reconocido neuroendocrinólogo Robert Lustig, profesor de la Universidad de California en San Francisco (UCSF), ha encendido el debate sobre la obesidad y la diabetes al afirmar que la fórmula de “comer menos y hacer más ejercicio” es una narrativa diseñada por la industria alimentaria para evadir su responsabilidad en la crisis global de salud. En una entrevista reciente en el programa Decoded Genius de Will Cannon, Lustig sostuvo que esta creencia, arraigada durante décadas en la medicina y en la opinión pública, no solo es bioquímicamente falsa, sino que además culpa a la víctima y desvía la atención de los verdaderos factores: el consumo masivo de ultraprocesados y azúcares añadidos.
Para los pacientes con diabetes tipo 2 en México y Latinoamérica, donde la prevalencia de esta enfermedad sigue en aumento, las declaraciones de Lustig ofrecen una nueva perspectiva sobre el manejo y la prevención. El experto argumenta que la obesidad no es un fallo de fuerza de voluntad, sino una respuesta fisiológica inevitable a un entorno alimentario tóxico. “La idea de comer menos y hacer más ejercicio es justo lo que la industria alimentaria quería que creyeras”, sentenció.
La resistencia a la leptina: el mecanismo oculto
Lustig desmonta el mito de la ecuación calórica con un mecanismo hormonal clave: la resistencia a la leptina. Esta hormona es la encargada de enviar al cerebro la señal de saciedad y de que tenemos energía suficiente. Sin embargo, los niveles elevados de insulina en sangre (hiperinsulinemia) actúan como un antagonista que bloquea esa señal. El cerebro interpreta entonces que el cuerpo se está muriendo de hambre y activa mecanismos biológicos para buscar y almacenar más comida.
Este fenómeno es especialmente relevante para las personas con diabetes tipo 2, quienes a menudo presentan hiperinsulinemia como parte de la enfermedad. Comprenderlo puede ayudar a los pacientes a entender por qué los esfuerzos por perder peso basados únicamente en la restricción calórica suelen fracasar a largo plazo.
Evidencia demográfica: los bebés también engordan
Para reforzar su argumento, Lustig cita un dato contundente: en los últimos 25 años se ha registrado un aumento global constante en el peso de los recién nacidos y bebés. “Los recién nacidos y los bebés de seis meses no hacen dieta ni ejercicio. ¿Cómo se volvieron obesos? Cualquier hipótesis sobre la epidemia de obesidad tiene que explicar eso, y no puede hacerlo si afirma que se trata de comer menos y moverse más”, explicó.
El azúcar: una toxina mitocondrial
Lustig es especialmente crítico con el azúcar añadido, compuesto por glucosa y fructosa. “El azúcar no es solo calorías; es una toxina mitocondrial. Te estás envenenando crónicamente cuando bebes un refresco”, afirmó. Aunque la glucosa y la fructosa aportan las mismas 4 kilocalorías por gramo, el organismo las metaboliza de formas opuestas. La glucosa se distribuye por todo el cuerpo y se almacena como glucógeno en músculos e hígado. La fructosa, en cambio, solo puede ser metabolizada por el hígado y va directa a la mitocondria, transformándose en grasa intrahepática. Además, genera estrés oxidativo, envejecimiento celular, altera la microbiota y favorece la permeabilidad intestinal y la inflamación sistémica.
El experto señala que la fructosa es bioquímicamente adictiva, ya que libera dopamina en el cerebro. Por ello, añadir azúcares a los alimentos procesados es una cuestión económica: el azúcar es adictivo y maximiza los beneficios de la industria.
Tácticas de la industria: del tabaco a la comida
Lustig asegura que las grandes corporaciones alimentarias han utilizado las mismas tácticas de desinformación que la industria del tabaco, financiando estudios sesgados para convencer de que “una caloría es una caloría” y el problema es el sedentarismo, e interviniendo en las políticas de salud pública a través de lobbies. Además, la industria ha ido eliminando la fibra de sus productos, un nutriente esencial que ralentiza la absorción del azúcar. La fibra no se lleva bien con los procesos industriales porque puede degradar la textura de los ultraprocesados y reducir su vida útil; sale más barato eliminarla.
Alimentos que engañan
El neuroendocrinólogo cita varios ejemplos de alimentos que la industria nos ha vendido como saludables o aptos para dietas de adelgazamiento, pero que esconden productos ultraprocesados perjudiciales:
- Zumos y néctares de frutas: no equivalen a una pieza de fruta, ya que se pierde la matriz alimentaria y están cargados de azúcar libre.
- Cereales, yogures y otros alimentos etiquetados como ‘infantiles’: suelen darse a los niños en desayunos y meriendas, pero pueden superar con creces en una ración la ingesta diaria de azúcar recomendada por la OMS para los pequeños.
- Alimentos trampa como la granola o algunos mueslis: a menudo contienen hasta un 50% de azúcar añadido y no tienen tanta fibra como el consumidor puede creer.
Soluciones: ley de hierro y comida real
Para revertir la pandemia de diabetes y obesidad, Lustig asegura que los parches no bastan y apela a una ‘ley de hierro’ de salud pública: “Reducir la disponibilidad de una sustancia nociva es la única vía comprobada para disminuir su consumo y sus daños en la población”, como ya se ha demostrado con el tabaco y el alcohol.
Aunque reconoce la utilidad clínica a corto plazo de los nuevos fármacos agonistas de GLP-1, como el Ozempic, advierte de su elevado coste económico y de que no corrigen la raíz del problema alimentario. Eliminar el azúcar añadido de la dieta reduciría de forma más efectiva el peso y ahorraría grandes sumas en el gasto sanitario de los países. Lo más importante, señala, es reintroducir el hábito de comer ‘comida real’, empezando por los comedores infantiles, que deben eliminar por completo los ultraprocesados y azúcares añadidos. “Si volvemos a poner comida real en la boca de los niños, resolveremos este problema”, concluye.
Implicaciones para México y Latinoamérica
Las declaraciones de Lustig cobran especial relevancia en México, donde la diabetes tipo 2 es una de las principales causas de muerte y donde el consumo de refrescos y ultraprocesados es elevado. Para los pacientes, la recomendación de priorizar comida real, reducir azúcares añadidos y exigir políticas públicas que limiten la disponibilidad de estos productos se alinea con las estrategias de prevención y control de la diabetes. Además, entender que la obesidad no es solo una cuestión de voluntad puede reducir el estigma y mejorar la adherencia a los tratamientos.
En el marco del manejo de la diabetes, los especialistas coinciden en que la alimentación basada en alimentos mínimamente procesados, rica en fibra y baja en azúcares libres, es fundamental. Los medicamentos como la metformina, la insulina y los agonistas de GLP-1 son herramientas útiles, pero no sustituyen los cambios en el entorno alimentario. La entrevista de Lustig invita a reflexionar sobre la necesidad de un enfoque integral que incluya educación nutricional, regulación de la publicidad y acceso a alimentos saludables.

